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'Detective Hole'. Harry Hole con mayúsculas y nordic noir con categoría

 

Tenía que ser él, uno de los personajes literarios de mi vida, entre los cuatro o cinco que se han quedado para siempre con trocitos de mi corazón. Solo Harry Hole podía devolverme a este blog personal que ha estado en barbecho por un par de aciagos años y escaso tiempo. Además, escribiendo para otros medios más profesionalmente (y que te pagan, poco, pero algo) hay que ser más formales y ajustar la subjetividad. Pero aquí no, aquí la recupero otra vez y a lo grande, así que ya va el primer aviso a navegantes: en lo que viene no hay ni un punto de objetividad académica. Con Harry no he podido mostrarla nunca. Así que allá vamos con la reseña de la serie estrenada en Netflix sobre él, que se basa en la quinta novela de la saga, La estrella del diablo. 

Lo mollar, importante y más claro

¿Que si me ha gustado? Pues claro que sí. ¿Y por qué? Por todo. Pero eso era previsible después del fiasco que resultó la versión cinematográfica de El muñeco de nieve. Sin embargo, lo que más pesa en la balanza es que la han hecho los noruegos, o sea, los que tenían que hacerla, y la mente pensante principal, o sea, el señor Nesbø, está detrás de la producción, el guion y la adaptación —con toques literales de la novela, casi hasta diálogos calcados— y el reparto en general, la ambientación, la construcción visual y la música cumplen con creces

Eso sí, se disfruta mucho más si eres un incondicional del material literario, porque un profano puede perderse en un primer episodio trepidante, con mucha (y espectacular) presentación de los personajes, sus circunstancias y una trama compleja que, aunque apabulla en ese principio, descubre pronto las cartas. 

He leído por ahí que una historia de primeros de los 2000, con asesino en serie al uso y de estela religiosa, con poli traumatizado y alcohólico, ya está muy trillada, no toca o no funciona en este presente. Chorradas. Aquí se trata de que ni argumentos, tramas o clichés cuentan, sino el enorme poder de atracción de la saga literaria y, sobre todo, de un protagonista inigualable en el género. 

Y lo que la ingente masa de lectores queríamos ver en condiciones pues se ve, o yo desde luego lo he visto. Con su ambientación nórdica total, su violencia única de aquellos lares —pero también de las novelas—, la música que hemos oído mil veces en ellas y esos personajes a los que les hemos puesto cada cual nuestras caras.

Pero voy a dar un giro.

Lo que menos me ha convencido

Algunos secundarios y tramas

Son matices nimios, pero en general no me hace gracia que me cambien el sexo de los personajes, como ocurre con el periodista literario que aquí es la periodista, o el superjefe de la policía que aquí es superjefa. 

También se me queda colgada, en plan macguffin, la pareja de vecinos de la primera víctima, que no me aportan nada y solo parecen esa excusa fácil tanto para apuntar a un falso culpable como para despistar y hacernos creer que ese Harry tan Harry vaya a caer en las redes de la mujer. Quizás sí funcione para el espectador que no haya leído las novelas, pero no cuela para los lectores con licenciatura cum laude en ellas.


Y, aunque tengo poco fresca la novela —sí hice lectura rápida al terminar la serie para ver si cuadraba todo—, no recuerdo que el personaje de Tom Waaler fuera un psicópata tan perturbado como aparece aquí. Al contrario, tal vez porque lo conocemos de anteriores títulos, en mi memoria es uno de los peores enemigos de Harry (y son muchos), sí, pero es más elegante, frío y calculador y no el tan macabro y tarado que, por otra parte, borda un Joel Kinamann perfecto al que se le nota pasárselo en grande. 

Además, y tengo que admitirlo desde que vi el reparto que habían elegido, mi mayor decepción ha sido la actriz para interpretar a un personaje tan especial, aparte del bellezón descrito por Nesbø, que es Rakel Fauke. A ver, Pia Tjelta cumple lo mejor que puede, pero estoy segura de que ni de lejos nos imaginamos un físico como el suyo.

Tampoco me convence el doblaje, quizás algo más el de Kinamann, pero el de Santelmann me resulta más forzado para su tono y ritmo en versión original.

Y aquí giro de nuevo.

Harry

Tobias Santelmann

A ver, es imposible borrar o cambiar la imagen personal e intransferible que los millones de lectores que somos nos hemos creado de Harry Hole. Y nunca lloverá a gusto de todos, como ocurrió en el cine con el pobre Michael Fassbender, actorazo sin duda, pero que ni queriendo podía dar la descripción tan característica y detallada siempre por Nesbø en casi todas las novelas.

Conscientes de lo peliagudo de volver a meter la pata hasta el fondo, aquí se han curado en salud y, con la supervisión del padre de la criatura, han ido a lo seguro. A saber: buscar a un vikingo al uso (aunque naciera en terruño teutón), con empaque, altura (el 1,90 lo tiene de serie) y rasgos de mala bestia ajustados al personaje, pero con ese halo de suavidad y ternura que también es marca Hole, por muy machacado físico alcohólico y tirado que le leamos. 

Y conscientes también de eso, tanto el creador como el actor elegido, Tobias Santelmann (Kon-Tiki, El último reino), dejan bien claro aquí que no han pretendido cambiar esa imagen única de cada uno, sino mostrar una nueva. Así que —como es lógico y siempre dentro del universo lector—, estarán los encantados y los decepcionados, es decir, los «no, no, este no es mi Harry ni nunca lo será» y los «tusen takk para siempre, Odín, por este hijo tuyo, que es gloria bendita». 

Yo soy de los de la gloria bendita porque a Santelmann lo tenía ya fichado de mis aventuras nórdicas, pero también es cierto que no era mi primera opción. Sin embargo, la primera, ese ángel hermosísimo que es Trond Espen Seim (perfecto en la estupenda Varg Veum), ya anda rondando los cincuenta y cinco y se le ha pasado el arroz para los diez años menos que gasta Harry en esas novelas. Y el amigo Santelmann sí que media los cuarenta en sus huesos, así que me cuadra en su piel y por su físico áspero y duro, pero con también ese toque suave en la mirada y la sonrisa. O sea, que sí, que me ha gustado mucho. Y, para los espectadores sin idea de Harry, es una elección muy muy ajustada a su aspecto en las novelas.



Otro tema es la interpretación de su caracter, su compleja personalidad, que es la mayor razón de su éxito literario mundial, y entonces Santelmann (o cualquier otro) te siga convenciendo o te parezca más o menos histriónico o sobreactuado. Pero ahí nos vamos a otro asunto con todo el calado: la enorme diferencia entre el lenguaje literario, con su importancia y maestría de la expresión escrita marca de la casa Nesbø, y el audiovisual, que debe concretar al máximo y simplemente hace desaparecer las palabras por las imágenes y expresiones propias de los actores. Es decir, un gesto de contención o una mirada de miedo, angustia, tristeza, alegría, amor o furia necesitan todas esas palabras escritas y solo unos segundos traducidos a imagen. Y ahí quizá nos sorprenda, choque o estemos de acuerdo con si ese gesto es el que esperábamos o no.

Yo simplemente sí se los he reconocido al Harry de Santelmann. Desde la seriedad asocial y solitaria al volante de ese Ford Escort de nuestros amores, pasando por el nulo tacto con los compañeros y la gente en general, el descontrol de la bebida —estupendo el momento en que huele la petaca, calcado del literario— y acabando con los de complicidad (en su relación con Oleg), emoción y romanticismo. Así que sí, me repito: le he dado mi bendición.

Lo demás

Más reparto

Que también me gusta y me convence. Notables para Ingrid Bolsø Berdal como Ellen Gjelten y Ellen Helinder como Beate Lønn. Y aunque en mi cabeza ese jefe tan especial que es Bjarne Møller no tenía exactamente el físico de Anders Baasmo, es otro actor que me gusta de varias películas (coincidió con Santenlman en Kon-Tiki) y que le pone su punto a Møller. Al igual que Kristoffer Joner como Øystein Ekland, el taxista amigo del alma de Harry, o los figurones de trayectoria colosal como el danés Jesper Christensen —un Stale Aune que tampoco había imaginado con su físico, pero que también me ha cuadrado—, el noruego Henrik Mestad (visto en Occupied, otra serie con firma Nesbø) y el tremendo y más internacional, el sueco Peter Stormare, que clava a los malos más malos imaginables.

Oslo

Que es otro personaje más, con sus calles tan grises y tonos fríos y oscuros, y esa cara inquietante y sucia que tan bien suelen mostrar los nórdicos. Y menos mal que la historia está ambientada en verano y con ola de calor, como si por allí supieran lo que es eso.

Luego están ese apartamento de Harry, el restaurante Schrøder o el edificio de la Politi. Uno de los mejores aciertos: el plano final en el último capítulo, en ese mirador con Harry en su estado natural de soledad buscada.

La banda sonora y el tono visual

Fabulosos Nick Cave y Warren Elis, que cuadran perfectamente la atmósfera. Y esos efectos para las paranoias y pesadillas de Harry o la iluminación en las escenas de los calabozos o con Waaler en los momentos más dramáticos. 

Ese final

Con ese ascensor... Exacto al de la novela y también de los más impactantes que tiene la saga, que son casi todos. Fue esa escena la primera que me vino a la mente cuando supe que adaptaban La estrella del diablo, así que ha sido de las que más he disfrutado. Pero vaya, que me lo he pasado bien con todo y estoy repitiendo el visionado para apreciar mejor más detalles.

Así que nada, que sigan con todas las novelas que sean necesarias, porque me apunto sin dudarlo.

Mis artículos sobre Nesbø y Harry


Fotografías: Netflix.

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