AL COLE

En estos días salen los niños en la tele con sonrisas luminosas y dicen entusiasmados que están encantados de volver, que echaban de menos a sus amigos, que las vacaciones han sido muy largas. Alguno que otro comenta (pensándolo más despacio) que igual estaba mejor bañándose en la piscina o en la playa, pero las cámaras y los reporteros con alcachofa imponen bastante y el crío añade que, bueno, que sí, que está contento, que se lo va a pasar muy bien en el cole.

    Si a esa edad se me hubieran acercado a mí los de la alcachofa en ese primer día, habrían obtenido la respuesta más real: no, no quiero volver, no me he acordado ni un minuto de mis amigos y estaba muy bien de vacaciones. Y en mi más profundo interior, o no tan profundo, porque tengo la lengua muy sucia desde que me acuerdo, hubiese rematado con un "joder…". Hoy sería un contundente "no me toques los cojones que te tragas el micrófono, gilipollas".

    En fin, es posible que el mundo haya cambiado y a los niños de ahora efectivamente les guste volver al colegio, pero sigo dudándolo. Yo, desde luego, no recuerdo sentir ningún entusiasmo o ansiedad. Vamos, ni en sueños. Tampoco me gustaba septiembre, ni madrugar, ni el uniforme de falda escocesa verde oscuro con jersey y calcetines de igual color, pero que sí hacía tanto apaño a nuestras madres (y a las de ahora). Nos llamaban "lagartijas" a las niñas —solo niñas en aquellos finales setentas y primeros ochentas— del San Luis Gonzaga, el colegio de las monjas de la Caridad, en La Solana, Ciudad Real. Después fue mixto y ahora ya no hay monjas y los uniformes son menos feos. Pero los niños siguen yendo con sus carteras, sonrisas y cierta expectación, por lo nuevo y seguramente también por que les guste.

    Mi hermano me enviaba ayer unas fotos de mis sobrinas saliendo de casa para ir al cole. La mayor —Cristina, cinco años— está en tercero de Infantil, veterana total ya del piso de abajo. Para la pequeña —Inés, a un mes de los tres— era el primer día, ese que se olvida simplemente por la temprana edad y porque habrá muchos más de los que les quedan todavía y que otro día, como en un soplo, habrán pasado. En esas fotos, que sí permanecen para el recuerdo, sonríen de oreja a oreja, el uniforme impecable, peinadas con sus lazos blancos en el mismo lado, las caritas de sueño pero la pose formal, agarrando los tirantes de sus carteritas a la espalda. Hay expectación e ilusión, claro. Me cuentan que, ya en el cole, la pequeña agarraba con más fuerza la mano de su hermana y miraba el panorama alrededor con cara de circunstancias, pero mantuvo el tipo y ya por la tarde comentaban que les había ido bien. Es el primer día. No puede ir mal y, si va, no importa, no se acordarán.

       Yo apenas conservo una única y muy vaga impresión de ser parvulito, quizá hasta puede ser incluso producto de mi imaginación, pero ahí están las fotos. 

Septiembre 1973 y 1974

   Tengo un poco más claras algunas imágenes del cole Doña Crisanta, en Tomelloso, y ya más nítidas las de los seis años en el de la calle Embajadores, también en Tomelloso, donde pasé mi primera infancia. Del patio de tierra y sus canastas de baloncesto, y de algunas clases como la mía. Hasta quiero ver muy muy lejos la sonrisa de don Juan Manuel, mi primer maestro. Después, al mudarnos a La Solana, estrené el flamante San Luis Gonzaga, y ya las imágenes son casi de ayer. Sí, de ayer… 

    Pero el caso es que lo que tengo absolutamente claro es que no me gustaba ese primer día ni, en general, eso de tener que ir al colegio. Con lo bien que estaba cada vez que tocaba alguna gripe, unas paperas o algo similar, y tenía que quedarme en casa. Esas mañanas inolvidables devorando tebeos desparramados en la cama, que leía con calma mientras recibía todo tipo de mimos y alguna que otra inyección. Por lo menos, también conservo los tebeos, pero hace mucho que no sé de gripes ni de quedarme en la cama leyendo nada.

  Aún quedan maestros de aquellos años en mi cole, pero ya están a punto de la jubilación merecida, como la señorita María Luisa o la señorita Jose, verdugo sin igual en las terribles y odiadas matemáticas y que, aunque me recuerda, ahora soy la tía de Cristinita. Tampoco me gustaban las ciencias naturales y en lengua les tenía manía a los comentarios de textos, pero me encantaba leer en los Senda de Santillana. Y lo que son las cosas, ahora me dedico a escribir, redactar y hacer comentarios de películas o libros. O sea, que aprendí.


¿Alguien ha podido olvidar a Pandora?

    Pero fueron la señorita Alfonsa, en segundo, y mi vecina ahora frente a mi casa-. Sor Emilia, en tercero, que arrancaba los dientes sin miramientos a quienes se les movía, ataba el pelo largo a las que se lo llevaban a la boca y tenía el peor genio del mundo. Que en gloria esté y nos espere mucho tiempo, como sor María, que nos daba inglés después de clase (entonces se aprendía francés) y que me pilló en séptimo una vez haciendo chuletas en un examen. La señorita Manoli en cuarto; sor Elia, que colgó los hábitos no mucho después, en quinto. Y ya en segunda etapa, más maestros para diferentes asignaturas, como sor Mª Jesús, Gabriel, Domi, la señorita Jose, sor Isabel, sor Constanza... Y por los pasillos, con sus babuchas y de camino a la capilla, sor Josefina, que ya era vieja entonces, todavía puede que se pasee por allí.

    Y son maestros, lo de profesor viene luego en el instituto, la universidad y derivados, pero en la primera enseñanza tan fundamental son maestros. Mi madre lo era, la señorita Toñi, y seguirán siéndolo así, por lo menos para mí y para quienes crecimos con un respeto especial por su figura y que ahora, empezando por una incomprensible depreciación del término, están tan denostados y poco valorados. Maestros los habrá siempre buenos y malos, mejor o peor preparados, con más o menos vocación, pero igual que profesores, catedráticos, jueces, bomberos o albañiles. Sin embargo, me entristece la poca consideración que se les tiene ahora. Más que nada porque recuerdo a mi madre y sé que no le gustaría ver cómo está el panorama actual o el bajo nivel de educación que existe, no solo en conocimientos, sino en lo más básico que es leer y escribir. Y con los medios, materiales y maneras de aprender tan maravillosas de este presente... Internet la hubiera fascinado, seguro.



     Ahora se los recuerda con cariño, hasta a los peores o menos buenos, los de más prejuicios —que también los tenían—, incluso a los que te pudieron hacer daño en un momento puntual, aunque hay que reconocer que tal consideración solamente se da con el paso del tiempo.

    El año pasado nos reunimos casi todas las niñas que terminamos la EGB en 1984, o sea, tres décadas después, una vida entera, así que había que celebrarlo. Siempre pasa que alguna puede faltar, pero afortunadamente seguimos SIENDO Y ESTANDO todas las de entonces, y que sea por muchos años más.



    Así que durante unas horas volvimos a ser niñas, visitamos el cole y también nos convertimos en abuelas Cebolletas, como el personaje de Vázquez en los tebeos, contando batallas y anécdotas.




  Lo pasamos mejor que bien y, para colmo, coincidió con mi cumpleaños, así que de verdad fue uno de los mejores que he tenido.
   Y sí, ahora sí me gustaría acordarme de aquel primer día. Y si no volver, seguir conservando la memoria por otros muchos años más.
   


  Así que a empezar bien el curso, a estudiar razonablemente y a sacar todo en junio.


Dedicado con cariño a todas mis compañeras del cole.


            

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