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Cuando creé al general Karpov


Nosotros sabemos mejor que nadie lo que es estar arriba un día y pudrirse al siguiente en el agujero más infecto de este condenado país.  

General Piotr Karpov, el Lobo  


Piotr Karpov


es un personaje de mi trilogía Los lobos y la estrella. Es un secundario: un general del Ejército Rojo en la Unión Soviética de 1944. Veterano de la Primera Guerra Mundial, casado y con tres hijas, se mueve en las más altas y peligrosas esferas en un difícil equilibrio entre el deber y la necesidad de sobrevivir en el régimen estalinista, sus convicciones y una deuda muy importante con el protagonista. 

 

Es, en fin, ese secundario que todos los escritores sabemos que, al crearlos, terminaremos encariñándonos con él, haremos que sea un robaescenas y le daremos ese toque fundamental en la historia. Además, le pone la presencia más reconocible al título que elegí, ya que lo imaginé y describí con los rasgos de un lobo colosal y, como su apariencia, temible y despiadado, con la fama de esos animales que más de una vez he dicho que son mis preferidos. Pero ya se sabe que no hay que fiarse de las apariencias. Así que me dejé llevar por mi querencia por esos personajes ambiguos (o no tanto) y lo convertí en valedor y dueño del destino del bueno de Nikolai Sukarov, el topógrafo hipermnésico que protagoniza la novela junto a Irina Fadéyev, una fugitiva medio turca con la que acabará haciendo un viaje lleno de azares desde Moscú hasta Estambul. 

 

De todos los personajes de esta trilogía, que son muchos, Piotr Karpov es el que más se quedó conmigo después. Me gustó crearlo y no me inspiré en nadie, que también me suele pasar cuando construyo personajes. 

 

Ignoré al escribirla, y sigo sin saberlo ahora, si pudo haber militares soviéticos —rusos en definitiva— como él en la Segunda Guerra Mundial. Quiero pensar que sí. Que hubo hombres que tuvieron todo el poder pero que, en esa época y bajo el régimen de Stalin, podían perderlo al día siguiente sin ninguna razón más que el capricho de sus superiores o por no estar de acuerdo con ellos. O que primero lo perdieron pero después lo recuperaron porque les hicieron falta a ese régimen, como ocurrió con el general Zhukov. O que pudieron actuar en la sombra arriesgando mucho pero confiando en ese resquicio de humanidad que puede ocultarse aunque sea en el fondo más profundo de los demás, como quise que fuera en el caso de Karpov. 

 

Como dioses que somos cuando escribimos, está en nuestra mano destinar a nuestros personajes al bien o al mal en función de la historia, o perdonarles o no la vida. Y yo, que suelo ser de finales felices, fui indulgente con Karpov y no con otros secundarios con los que también disfruté mucho. 

 

Pero para eso está la literatura o escribir: para imaginar y crear o recrear historias, mundos y vidas con las que jugar y vivir también. En tiempos pasados y presentes. Los míos siempre están en el pasado y en otros lugares o países distintos. Y los personajes que creamos tienen todas las pieles que pueden conformar la nuestra con referencias de todo tipo, desde la propia experiencia hasta las literarias o cinematográficas, que simplemente cuentan la realidad de tantos miles de escritores, cineastas o artistas. 

 

Estos aciagos días reales estoy volviendo a recordar a Piotr Karpov y me gustaría que existiera, como también me gustaría que anduvieran por ahí Dimitri Krilov y Valery Bieski, dos antiguos oficiales de la Marina Imperial rusa reconvertidos en capitanes mercantes que trasladan a compatriotas desplazados por la guerra, y que fueron amigos y navegaron a las órdenes del padre de Irina Fadéyev. Y es que todos saben combatir pero también vivir bajo la bota de los zares primero y los dictadores después. 

 

Porque el pueblo ruso


entonces y ahora, ha vivido siempre con el enemigo en casa y lo vuelve a demostrar de la manera más cruda e irracional. Una y otra vez se han dejado gobernar por zares que los asfixiaron o tiranos megalómanos que los aplastaron, los enviaron a gulags o directamente a la muerte si levantaban un brazo en protesta o desacuerdo. Pero ahora el problema es que han permitido mantenerse durante veinte años a uno de esos hijos de puta sin contemplaciones —que también se reproducen a lo largo de la historia de la humanidad— que amenaza al mundo entero. 

 

Siento una tristeza infinita por seguir viendo un país tan inmenso, de lugares y naturaleza bellísimos, con escritores, músicos, pintores, deportistas y artistas tan grandes, pero incapaz de enfrentarse a su historia más negra y dejándose llevar por ella de nuevo, esta vez tomándola sin razón alguna con quienes han sido hermanos y compartido origen desde esa Rus de la hermosa ciudad de Kíev. 


Kirill Käro

 

Desde que lo descubrí hace un par de años en una serie ucraniana, The Sniffer, sigo a Kirill Käro, un actor estonio (con cierto aire a Tim Roth) que ha trabajado mucho en series y películas rusas, y estos días postea en IG lo profundamente afectado que está por lo que sucede, lamentando esta tragedia sin igual que tacha de inimaginable entre quienes considera eso, sus hermanos en la historia. 


Yuri


Y también estoy recordando mucho a Yuri, aquel chavalito ruso de dieciocho años al que conocí en Londres en 1995. Yo tenía veinticinco, vivíamos en el mismo hostel y le ayudaba muchas tardes con sus clases de español que estaba aprendiendo allí. Estaba con otros compañeros, todos hijos de los nuevos ricos que surgieron tras la perestroika en aquellos 90. Era alto, rubio, de ojos azules tras unas gafas, desgarbado y muy muy tímido, y cada vez que salía el tema de los tacos y las obscenidades –que, como todo el mundo sabe, es lo que más y mejor se aprende en cualquier idioma— se ruborizaba de los pies a la cabeza y juraba y perjuraba en voz baja que a ellos no se les ocurría hablar así o decir aquellas palabras tan escandalosas. Antes de marcharse después de tres meses, apareció una tarde con un regalo que quiso hacerme para agradecerme esos ratos: una típica matrioska que sigue en una de las estanterías de mi habitación. Ahora será todo un hombre, espero que con familia y una buena vida, y no esté participando en este desvarío demencial que ha provocado el psicópata que los gobierna. 

 

Son ellos


La gente real, los rusos de a pie, que se están manifestando y exponiéndose a la cárcel o algo peor por la censura y el atropello, los que pueden detener y deponer al dictador. Han sido siempre maestros en maquinaciones e intrigas, pero sobre todo en sufrirlas de los suyos. Ojalá puedan convertirse en miles de Karpovs, Krilovs y Bieskis, cambiar la historia y no ser los responsables del punto final de la de todos. 


Comentarios

  1. Me has dejado sin palabras!!! Totalmente de acuerdo contigo en todo.Es una vergüenza que después de la Segunda Guerra Mundial hayamos permitido tener a alguien como Putin al frente de un gobierno ( y espera al de Corea del Norte...). Y es una pena que un país como Rusia siga bajo el yugo de tiranos.

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    Respuestas
    1. Pues sí, y así nos va...
      Muchas gracias por el comentario.

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