Crónica de un escabeche de tiroides, 32 horas en la UCI, unas pechugas y otras aventuras



No valoramos lo que tenemos y solo lo sabemos cuando lo perdemos. Y sobre todo si se trata de la salud. Que sin dinero se vive malamente, sí, y sin amor se puede vivir tranquilamente, pero sin salud se vive mal o no se vive. Así que a un hospital no hay que ir más que a ver a una recién parida y al churumbel que haya traído a este mundo perro. Y ni eso, que muchas están sin ganas ni de verse ellas y el churumbel ya veremos en qué clase de bicharraco se convertirá.

Ha sido la primera vez que me falla la salud y piso un hospital por mi voluntad, porque ya lo hice sin voluntad ninguna tras tragarme un cinco ejes en la carretera y volar por los aires hace catorce años. Pero esta no va a ser una crónica de dolores o quebrantos (no los he tenido), sino la experiencia concluida con éxito y que suele ser fuente inagotable de material para un escritor. Y por supuesto no será ningún drama, que los dramas de verdad ya son más que suficientes. Así que espero sacar más sonrisas que inquietudes.

Una glándula tiroides sentenciada al escabeche

Una tiene ya una edad física (la mental quizás sea más de la mitad) y le van saliendo goteras. La mía más seria hasta ahora ha sido esta: un nódulo en la glándula tiroides que fue creciendo durante seis meses. No es poco común y he tenido referentes cercanos. Pero claro, no fue ni molesto ni doloroso y siguió su proceso que ya se desviaba a feo tras dos punciones. Así que en diciembre mi endocrina, tras una explicación sencilla y muy completa de lo que pasaba y lo que me harían, me mandaba al cirujano.

Quince días después conocí al doctor Javier Barrientos (ay...). Alto y desgarbado, pelo canoso, ojos azules caídos tras gafas, expresión beatífica y anillo en la mano izquierda (ay, ay...). Y yo, con lo peliculera que soy, le vi inmediatamente el aire y la bonhomía del actor James Stewart. Que además tuviera una voz de tono tranquilizador y me lo volviera a explicar muy bien me dio toda la confianza. Cuando salía de su consulta solo me faltó girarme y decirle que me ponía en sus manos para lo que hiciera falta. Pero, en fin, fui formalita y me marché.

Así que, con el tiroides sentenciado, me zampé los polvorones y las uvas, y a los Reyes les pedí que saliera todo bien y que fuera ese doctor Barrientos el que usara pronto su... bisturí. Así que, tras las pruebas preoperatorias, el pasado día 9 me tocó pasar por taquilla.

El helador quirófano n.º 1

A un quirófano no hay que ir nunca salvo si uno tiene el tajo allí (y nunca mejor dicho), pero si uno se pone malillo y le toca, pues como dice mi paisano José Mota: «Si hay que ir, se va». Soy más de tener respeto y cosilla que de echarme a temblar por miedo a lo desconocido, la enfermedad o el dolor. Quizás porque también suelo aceptar, asumir y adaptarme a las situaciones que no tienen remedio y deben ser así aunque no se deseen. 

Que mi tiroides estuviese cascado con algo más o menos sospechoso me preocupaba menos que la inquietud ante ese vacío del inconsciente inducido por la anestesia. En cristiano, que te duerman así porque sí para rajarte el cuello y además nada más levantarte de la cama (me citaron a las 7.30 de la mañana y fui la primera en desfilar hacia los quirófanos) no me hacía mucha gracia. Pero a ver quién es el chulo al que le abren el gaznate y aguanta la respiración o no dobla la servilleta. 

Así que allá vas, intentando montarte un capítulo de Anatomía de Grey por si aparece un doctor Macizo o un doctor Owen, hasta un doctor House (que me encanta Hugh Laurie), pero más que nada por ser más posible, a ver si te pone las manos encima el doctor Barrientos. Además, hay un momento en que es lo que más deseas, un calentón, porque... ¡qué fría la sala de camas de espera, qué fríos los solitarios y silenciosos pasillos camino del quirófano y qué frío total dentro de él! Y tú desnudita con tu batita, tus calzas y tu gorrito verde y metida en la camita con mantita y un primer pinchazo para ponerte la vía.

Lo mejor, la charla distendida de la enfermera tan joven que nos iba pinchando a los que entrábamos. «No te dan miedo las agujas ni te mareas, ¿verdad? Es que siempre lo pregunto porque el otro día se me cayó redondo un tío de dos metros y como un armario ropero. Que yo lo tengo claro, ellos son pero mucho más blandos...». Segunda verdad irrefutable. Yo, siempre echando capotes a esas criaturas tan abominables, denostadas y canallas que son los hombres, contesté que igual los hay también que mantienen el tipo y le echan huevos. Pero ella puso cara de bueno, igual sí, pero cuatro mal contados, que la mayoría se ponen muy serios o se marean.

En fin, el caso es que enseguida apareció un enfermero y andando para dentro por esos pasillos tan fríos y lúgubres. Yo iba habladora, que es lo que me pasa cuando estoy nerviosa. Pero entonces me dejó aparcada en el pasillo frente a unas puertas y un letrero azul: Quirófano n.º 1. 

Y ahí ocurren dos cosas. Una, que si eres miedosa, te entran todas las ganas de echar a correr, pero ¿cómo te piras casi desnuda con ese frío por esos pasillos? Y dos, que aceptas tu destino, te tragas los nervios y venga, a coger el toro por los cuernos. Pero fueron minutos interminables donde se cruzó algún enfermero y empezaron a llegar batas verdes. Entonces aparece una de ellas, pero... mi gozo en un pozo: no era el doctor Barrientos, sino ese otro ya veterano con mucha mili, con narices anchas, gafas, manos grandes y pinta de boxeador más que de cirujano. Nunca te fíes de las apariencias. Tercera verdad irrefutable. Porque más tarde me enteré de que se trataba del doctor Roberto Martínez Fernández, un pedazo de profesional en escabechar tiroides, y esa ficha no le hace justicia a la imagen de verde, manga corta y concentración que le vi.

Espero verlo en la revisión de abril (¡pero qué dilema, porque quiero ver a Barrientos también!). El caso es que en aquel momento no me dijo su nombre y yo estaba para pocas presentaciones casi tiritando. En fin, que con determinación, pero también amable y tranquilizador, me contó escuetamente que habían decidido extirpar todo el tiroides, que tonterías las justas y ya está. O sea, se acabó el perro, se acabó la rabia. Cuarta verdad irrefutable. Así que nada, en unos minutillos al lío. Y en esos minutillos también apareció la otra cirujana del equipo. Una mujer con ya lejanos los 50, de esas guapetonas y con cara de aquí estoy yo. A ella sí la volví a ver dos veces más y también supe luego que era la doctora Julia de la Cruz Leiva. Se limitó a sonreírme y hablarme también con calma y palparme el nódulo. «¡Vaya pelota que tienes ahí!», dijo, luego torció el morro y añadió: «Nada, esto fuera».

Pero por fin se abren las puertas y empieza la película. Los dos potentes y grandes focos, aún apagados, sobre la mesa de operaciones, más batas verdes y gorros de colorines pululando alrededor, el reloj digital de números rojos en una esquina, el enfermero que pasa la cama y te quita la batita, te cubre con la sábana verde y yo que... es que me hago pis con este frío que tenéis aquí. Y el doctor Martínez que medio sonríe y comenta que no me preocupe, que ahora con la sonda que me van a enchufar, todo solucionado.

Cuando la cosa ya parece seria de verdad es cuando te colocan en la estrechísima mesa bajo los focos. «Que se me caen los brazos», digo yo. Entonces se abren dos articulaciones metálicas a cada lado de la mesa para, literalmente, crucificarte. A un lado la anestesista, a otro Julia. Yo que estoy acelerada ya a tope y no hago más que hablar: que si me estreno en estas lides, que si estoy intentando quedarme con todas las imágenes porque escribo y aquí tengo material de oro. La anestesista que me da carrete hasta que digo que ahora sí que tengo mi cosilla, ella que no me oye y Julia que responde lo que acabo de decir pero a la vez me pone la mascarilla de bordes azules de goma sobre la boca y la nariz. Entonces noto el gas muy pesado y una presión que me aturde al instante. «Uf, que me duermo...», acierto a pronunciar. Y adiós muy buenas en dos segundos. Se acabó. La nada. 

32 horas en la UCI con un Nolotil canalla, un tensiómetro cansino y mis vecinos Antonia y Mariano

El escabechado creo que duró dos horas largas. La primera cara que vi al abrir el ojo fue la de una enfermera que ya no volvió a aparecer. Me observaba y me preguntó cómo me encontraba. Mi garganta respondió malamente que bien, aunque con la sensación bien asentada de que no podía mover mucho, sobre todo el brazo izquierdo y muy poco la cabeza. 

Después se marchó y yo fui tomando tierra en un ambiente desconocido, también algo frío, un box con dos cristaleras y una puerta abierta, el número 8. También escuché ruidos, voces y movimiento continuo fuera de él. Luego pude mirar las máquinas a mi izquierda, las bombas con las bolsas de sueros, una presión en el brazo derecho y el brazo izquierdo banderilleado con dos vías. También tenía puestas las gafas de oxígeno y una sensación de tirantez en la base del cuello y sí... esa sonda entre las piernas. Las primeras conclusiones: estoy en observación, es Carnaval y me he disfrazado de Frankenstein. En cualquier caso me toca estar más tiesa que un ajo.

Entonces vi entrar a mi padre y a mi hermano, que me sonrieron y me cogieron la mano obligándome a que no hablara. Pero yo dije que podía hacerlo, que no me dolía nada más que un poco la garganta al tragar y me sentía bien. Se fueron enseguida porque ya me enteré de que estaba en la UCI.

No asustarse. Todo había ido bien y yo estaba en observación donde simplemente veían cómo respondía las primeras horas. No había camas en Cirugía y me dijeron que me quedaría allí ese día, que en caso de que hubiera alguna urgencia me moverían. Había que hacer más pruebas, controles de temperatura, calcio y el síndrome de Trousseau (la madre que lo parió...), analíticas, etc.

Y bueno, tampoco hay que estar en la UCI para nada, pero a pesar del aburrimiento total mirando a poco más que el techo, perder la noción del tiempo y que estás relativamente jodida, con tanto personal entrando y saliendo, atendiéndote a cada hora y siempre con una sonrisa, tranquilidad sí tuve. Si además luego vuelve la familia un ratito por la tarde y se me calientan los pies por fin, pues aquel primer día pasó más o menos bien. 

También supe de mis vecinos de otro par de boxes, Antonia y Mariano, por las veces que el personal los llamaba o se dirigía a ellos. Había más, pero ellos eran los más cercanos y a los que más parecían atender o más jodidos estaban, claro. Ninguno podía hablar y debían de ser mayores, y más rebeldes, sobre todo Mariano. La verdad es que la paciencia es indispensable en un universo tan reducido y ajeno a la vida normal. Para los pacientes y para el personal.

Pero entonces me enchufaron el 

Quizás, más que alergia, fue que al ser un medicamento que baja la tensión y que nunca me habían chutado en vena, me entró demasiado deprisa y me causó unas náuseas instantáneas que fueron a más. «Como vomite se me abre el cuello y la liamos», pensé. Así que botoncito rojo y enfermera al segundo mientras también se me extendía un sudor frío que no creo haber sentido nunca antes. Fuera chute, alivio inmediato y el Nolotil caca y sanseacabó, porque además me salieron ronchas por el pecho y la tripa.

Fue en esa comprobación cuando me pude ver las pegatas que me quedaban todavía de los electrodos por piernas, brazos y pecho, además de tubitos a tutiplén entre drenajes y vías. «Pues a ver si esto de la UCI ha sido por algo, que vaya cromo estoy hecha». Que además no te cuentan nada. Bueno, sí, la doctora Julia apareció a última hora, la reconocí, se lo dije y solo me comentó que si todo iba bien, al día siguiente para planta.

Así llegó la noche. O la eternidad. Apenas pegué el ojo entre el incidente nolotilero y mi colega el tensiómetro, que cada dos o tres horas me apretaba el brazo derecho y me espabilaba cuando había conseguido quedarme medio frita. Tuve tiempo de rebobinar Gladiator en un ejercicio de memoria para poner las escenas en el orden correcto y recitando los diálogos en inglés, of course. Después le tocó a L. A. Confidencial (¡cómo no!) y acabé con Master & Commander. Entre medias, la prueba de Trousseau y, por fin, ¡enfermeros! Se lo dije al primero, Javier, que ya era hora de que viniese algún maromo. Con tanta matraca como hay ahora con la paridad laboral y la ola del feminismo este desaforado y rayado que me da tanta pereza. 

Pues sí, me estrené en el Trousseau con Javier, que usó un tensiómetro especial que te machaca el brazo cortándole la circulación durante tres minutos para comprobar los niveles de calcio. Yo solo di una vez un mal resultado, pero el resto de veces mi brazo aguantó como un campeón el hormigueo infernal y mi pulgar se mantuvo firme y no se encogió sin voluntad (que es lo que ocurre si te falla el calcio).

Después sí vinieron por fin el silencio y la oscuridad, pero mis tripas sonaban por el hambre.

Todo en orden. A Pediatría con Mickey Mouse 

El sábado pintaba como el viernes, pero sé que pude dormir bastantes ratillos entre termómetros, analíticas y más Trousseau. Más visitas de la familia al mediodía, sobre todo las de mis tías (una jefa de enfermeras jubilata y otra doctora), aliviaron el aburrimiento supino. También Antonia y Mariano, y los cambios de turno de personal con sus conversaciones, chismorreos, videos de sus carnavales en los móviles y... el olor a cafelito que me llegaba de vez en cuando. 

Esa mañana conocí a Juan, otro pelón con gafas, acento andaluz y también del 70. «Sí, soy de Córdoba, pero llevo más de treinta años aquí». Fue quien me habló sobre la posible identidad de mi cirujano, al que describí. No lo sabía, pero me dijo que podía ser Roberto. Un máquina total, que había practicado también una tiroidectomía a su mujer. «Coño, ¿pero eso se puede hacer?», pregunté, que ya había cogido confianza mientras me estuvo quitando el drenaje del lado izquierdo del cuello. Pues al parecer este fulano sí.

Pero el día pasaba y sí, es tremendo, te acostumbras y luego piensas que por lo menos te cuidan muy bien. Lo peor es sentirte tan inútil, aunque solo tengas una costura en el cuello y dos vías en un brazo. Ver cómo no eres más que un trozo de carne y dependes de dos o más personas para lavarte o moverte, pese a que puedas ayudar mínimamente con las piernas y un brazo. Es ahí cuando tiendes a pensar de más, pero dejas de hacerlo para centrarte en celebrar lo afortunada que eres.

Por la tarde, ya después de la visita familiar y con la idea hecha de que me chupaba otra noche allí, vino la primera buena noticia. «Bueno, pues si te apetece, te traemos un caldito». Se me cayeron dos lagrimones. Y el agua insípida y un poco caliente que me pude tomar a sorbitos me supo a gloria. Lo remató que casi a la vez también me dijeran que me llevaban a planta, que seguía sin haber camas en Cirugía pero sí en Pediatría.

Y como con una especie de síndrome de Estocolmo, me despedí con pena de la dicharachera enfermera Ana, su jefa y más personal de ese turno de tarde. Hasta de los entes de Antonia y Mariano, a los que espero que les fuera bien. Con la animación que había en la UCI, la verdad es que me deprimió un poco el paseo otra vez por pasillos silenciosos y solitarios que de repente se tornaron de colores, con fotografías, dibujos y globos. Y una vez acoplada en la habitación y mirando las letras pegadas con celo del nombre de Mickey Mouse, volvió la tranquilidad. Julia también se pasó, que iba todo bien, así que a tener muy buena noche. Pero fue la familia con mi tía Luci, la superjefa de enfermeras jubilata, para quedarse esa noche lo que puso broche final al día. Miento. El broche lo puso el yogur de plátano.

El doctor Barrientos, un par de pechugas y Denny Malone

Domingo de Carnaval, silencio interrumpido apenas por el mejor de los llantos: el de los peques de la planta, que tampoco se oían muchos. La luz del día por la ventana. Más análisis y pruebas, pero más espaciadas. Nuevas caras y misma amabilidad. Y ¡fuera sonda! ¡Qué descanso volver a patalear y abrir y cerrar TODO otra vez con voluntad! 

Lo mejor fue levantarse. Ni un mareo ni una debilidad, y despacito al cuarto de baño con los sueros y el dichoso drenaje que me quedaba. Pero enseguida llegó el desayuno. ¡Esas galletas bocato di cardinali, esa ambrosía de café...! Qué mala fama tiene el alpiste de hospital. Cuando hay hambre todo está bueno. Y yo estaba canina.

Pero faltaba la ducha calentita. Hubo que desenchufarme y buscarme una silla, porque seguía inútil con las banderillas del brazo izquierdo y con el derecho tenía que sujetarme el tubo de drenaje. En fin, que entrando y saliendo del cuarto de baño, dejamos la puerta medio abierta para la auxiliar y la sillita, y yo que me quedo en pelotas y hace mucho que perdí el pudor y la vergüenza. Así que me siento sujetando el drenaje y mi tía con la esponja y la ducha. Entonces se oyen más voces y entran dos figuras. Una la enfermera y la otra... Sí... ÉL.

Tenía que ser en aquel momento y tenía que ser él el médico de guardia. No podía ser otro, no podían haber sido unos minutos antes ni después. Tuvo que ser en aquel oportunísimo momento. El doctor Barrientos de marras. Ahí estaba.

Yo que lo veo, se me encienden los ojos ya calentita con el agüita, y en mi media voz me salió sin reparos un «¡Hombre, Javier!». Si me pilla de pie, igual hasta me sale invitarlo a que pasara. Vamos, que mis pechugas manchegas y lustrosas no tienen nada que esconder. Pero los profesionales son eso, profesionales, y sin ninguna cara de póker, ese Javier que se hace entender entre el agua de la ducha y nuestras palabras de vaya panorama y pregunta que cómo va el drenaje, yo que se lo enseño y pongo cara de todo controlado. Luego pregunta que cómo va esa voz y me sale un muy bien con el tono del gallo Claudio.


«Bueno, pues nada, ya está», dice. Y desaparece. Flussss. Así. Medio minuto y ya. Pero hombre, Javier, visto lo visto, uno se espera un poquito y vuelve después, ¡que vaya estampa, qué cuadro, qué plan, en fin, qué todo! Igual el pobre se quedó tan a cuadros que ya no tuvo valor para regresar o tenía mucha ronda todavía y ya no le dio tiempo. Que yo entiendo que era imposible que se acordara de mi jeta, pero vaya, que podía haber venido otra vez. Total, que ahora se entenderá el entuerto que debo deshacer y a ver si para la revisión me lo encuentro en la consulta. En cualquier caso, será el momento pechugas-Barrientos que siempre quedará ya para echarse unas risas.

El resto de la mañana fue muy entretenida. Visitas familiares a tutiplén con mis tías de Madrid y, ay, mis sobrinillas, que no las esperaba y me las trajeron también. No olvidaré que me miraran como solo miran los niños cuando ven agujas, vendas y heridas. «Pero te puedo tocar, ¿verdad, tía?», me dijo ya al final mi sobri Inés acercándose con la carita que pone cuando se siente intimidada por el ambiente y la situación tan distinta a como está acostumbrada a verme. Yo solía poner esas caras también. Y a falta de poder darles un besazo, le cogí la mano.

Después se fue todo el mundo porque me trajeron la comida, ese menú cinco tenedores que, de nuevo, me supo a gloria. Y ya en la siesta y el anochecer, con más paz y todo casi en orden, por fin pude leer. Poner en marcha otra vez la energía mental con otro buen chute de una sensacional crónica de polis corruptos, tráfico de drogas y feroz crítica a la sociedad más podrida en la que vivimos.



Corrupción policial, de Don Winslow, es lo MEJOR que he leído en mucho tiempo. Y su protagonista, el fabuloso y más que temible sargento del DPNY Dennis Malone, ha ido directo al podio de esos personajes que me devoran el alma en siete frases y un gesto y se quedan para siempre con otro trozo de mi corazón literario. De lectura obligada, obligatoria y por decreto ley para todos los amantes del género más negro, crudo y brutal. No he podido estrenarme mejor con Winslow.

Y para rematar la velada, casi ya en la medianoche, una gelatina de limón. ¿Qué más se puede pedir?

Alta inesperada y secuelas

Lunes. Mi voz mejora, hemos dormido a pierna suelta, me hacen otra analítica y en el desayuno toca pan tostado remojadito en el café para que pase mejor, me dejan solo una vía y ya voy que me mato de velocidad por la habitación. La ducha por fin de pie y ya sin casi dificultad, de no ser por el drenaje derecho que aún me queda. Ya me siento persona otra vez. Mi silloncito, un rincón cerca de la ventana y previsión de mañana tranquila, ya con el ritmo de los lunes. ¿Volverá Barrientos? No... A ese le tocó guardia dominguera, así que estará en su keli. En fin.

Entonces llegan dos médicos desconocidos, mayorcetes ya, que entran con buenas caras y papeles en la mano. Se acercan, saludan, sonríen. Que la última analítica ha dado todo correcto y, hala, humo, que te damos el alta, marchando, a la calle, para casa. Que me quitan el drenaje y ya está. La herida se queda cubierta, pero que no necesita ninguna cura. Los puntos se reabsorben y las tiritas sobre ella se irán cayendo. Agua y jabón y ya está. Que la cubra con un pañuelo o lo que sea, pero que no le dé el sol y ya está. A pedir cita para el endocrino y revisión en Cirugía y venga, a mejorarse. 

Mi tía y yo nos ponemos muy contentas. No lo esperábamos, la verdad. Total, que avisamos a todo el mundo. Así que, una vez hechos los trámites, dadas las gracias a las enfermeras de planta y regalado un ejemplar de Marie (qué menos y hay que venderse), al mediodía vino mi padre a recogernos y adiós, hospital.

Secuelas: que me queda ir entonando poco a poco la voz para que recupere su fuerza normal y hacerme adicta a mi mejor amiga diaria ya, la tiroxina. Espero que nos llevemos bien para el resto de nuestros días, guapa. Ya he entrado en el club de los pastilleros vitalicios. En fin, para todo hay una primera vez, pero que todo sea una pastillita.

Agradecimientos

Al personal con el que he tratado en el Hospital Universitario del Tajo en Aranjuez. Auxiliares, enfermeras y enfermeros (aquí sí hay que hacer desdoblamiento correctamente) de la UCI (Isabel, María, Javier, Juan el cordobés, la dicharachera Ana y tantos más) y de la planta de Pediatría (Blanca, Ana Paula, Marisa...). Y por supuesto al doctor Martínez y la doctora De la Cruz y su equipo. A todos por su excelente trabajo, su amabilidad y sus cuidados. Espero volver a verlos, pero por la calle o tomando cañas.

Mi cariño sin fin para toda mi familia, mi tía Luci en particular, por las dos noches compartidas de más ronquidos que desvelos. Quién mejor que una enfermera profesional que te acompañe en un hospital. Cuando el accidente de tráfico les di un susto muy grande, y ahora han vuelto a estar ahí desde el principio y arropándome. 

Y por supuesto mil gracias a todas las amistades más cercanas y lejanas que me han llenado el móvil de cientos de mensajes preguntando, interesándose y animándome todos estos días. Me ha llegado el cariño desde todos los sitios. Pero espero no volver a escribir más crónicas como esta.

Un abrazo muy muy grande. 

Mariola.

Comentarios

  1. Mi querida Mariola; tú escribes como los ángeles y por eso yo te quiero a ti.

    Tienes razón con lo del frío, no sé por qué no te tapan con una manta cuando andan contigo por ahí.

    No te preocupes por lo de la pastilla diaria, te acostumbras enseguida.

    Has estado rodeada de cariño porque eres un Sol.

    Ya verás como todo va bien.

    Un beso

    Susana

    Maddie.

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    1. Muchísimas gracias, Maddie. Sé que os tengo ahí. Un abrazo muy grande.

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